lunes, 27 de diciembre de 2010

Mi Cobaya Pelusona

¡Los hijos son una experiencia maravillosa!

Y a falta de ellos, mi reloj biológico se conforma por ahora con una cobaya, seis caracoles y una planta de albahaca.

Hoy quiero hablaros de mi cobaya. Se llama Calíope. La llamo Cali. Mis amigos la llaman Calimocho, lo cual os dirá de ellos más de lo que yo os pueda contar. Pero lo cierto es que ese nombre se lo puse como resultado de una confusión. La gilipuertas que me la vendió hace dos años me dijo que era una hembra.

Sin embargo, con el paso del tiempo me di cuenta de que al menos en cuestiones anatómicas es un macho, bastante macho, desde luego. Y creo que se alegra al verme. Pero como a mí no se me ha quejado todavía, la sigo tratando como a una buena dama.

¡Es una bolita de pelo adorable! ¡¡Tan suave!! ¡¡¡Tan mimosa!!! Tan... vaga. Es el estereotipo de cobaya ni-ni que se pasa todo el día apalancada en la jaula comiendo pienso basura y viendo Telecinco, que es lo que mi abuela tiene siempre en la tele. No aprende trucos. No sabe hacer nada gracioso, salvo ser intrínsecamente adorable.

O más bien, debo decir que sí conoce un gran truco. No se sienta, ni rueda sobre sí misma. Y sí se está quieta cuando se lo ordenas, pero sólo porque siempre está quieta.

Pero durante una época vivió en la cocina, y gracias a eso ha aprendido con un margen de error mínimo las horas a las que abrimos la nevera y preparamos la ensalada. Y no se corta en pedir. No hace falta que me acuerde de ella, porque ella sí se acuerda de mí, y justo en el momento en el que te dispones a abrir la puerta de la nevera, comienzas a escuchar un chillido agudo, rápido, penetrante e insistente, como si le hubiera dado un ataque de ansiedad y otro de hipo a la vez.

Intento acostumbrarla al multiverso que hay al otro lado de la jaula. La dejo en mi habitación para que pasee un poco. La pongo en el suelo, y acuclillada ante ella, la miro. Ella me devuelve la mirada, esa mirada que es inherente a los gatos, de aspecto mucho más inteligente y perspicaz que la mayoría de los humanos con los que me cruzo por ahí, lo cual tampoco es mucho decir porque viajo en Renfe.

Yo capto su mensaje: “Te la voy a liar. No sabrás cómo ni cuándo ha pasado, y como eres tan idiota, además vendrás a acariciarme después”. Y efectivamente, encuentra el momento ideal. Puedo pasarme una hora entera mirándola, que ella no se moverá de su rinconcito, sin hacer ni decir absolutamente nada. Pero al mínimo descuido, descubrirás lo rápida que es.

Hoy me la ha hecho mientras iba al baño. ¡Solo eran unas gotas de pipí! Pero nada, cuando he vuelto, he encontrado a la cobaya exactamente en la misma posición que la dejé, además de su peso en cacas, repartidas por todos los rincones de la habitación, una bolsa de plástico roída, la cual estaba segura de no haber visto en mi vida, y un olor a pis de cobaya rezumaba con intensidad. No es un olor particularmente malo. Tiene unos tintes tropicales, como de Malibú con piña. Si cierras los ojos puedes imaginarte con un cóctel de ese pis, tumbada en una playa paradisíaca mientras una masajista tailandesa, que por alguna razón está en Cancún, te acaricia los pies con suavidad.

Aquello ha traído muy bellas imágenes a mi mente, como veis. Así que la he tomado entre mis brazos, y ella me ha mirado con carita de cobaya degollada. No he podido evitar acariciarla. Es taaan mona...

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