Quiero arrancar mi blog compartiendo con vosotros un descubrimiento muy curioso: Soy una diosa.
Lo he sabido hoy mismo, en la biblioteca, cuando encontré por accidente un libro escrito por Sarah B. Pomeroy: Diosas, rameras, esposas y esclavas. Mujeres en la antigüedad clásica. De inmediato, mi mente a comenzado a descartar posibilidades.
Nunca he sabido lo que se siente a ser diosa. O más bien, nunca me había dado cuenta de que sabía lo que se siente al ser una diosa, y por eso no he podido descartar esa opción. Así que he continuado con las otras posibilidades:
Ramera: Bueno, todas las chicas tenemos una época más lucidita en el catre, pero no recuerdo haber cobrado nunca por ello. Tal vez aquella vez en la que cambié un apaño a cambio de un hotel del Monopoly, pero creo que no cuenta. ¡Descartado!
Esposa: Eso no. Estoy segura. ¡Para nada! ¡¡Ni de coña!! Reconozco que por un tiempo hace unos años bebía tanto, que no me hubiera extrañado despertarme un día en un avión, al lado de un señor trajeado y con una alianza en el dedo. Pero por suerte, entonces aún era menor de edad, y hubieran necesitado autorización paterna. ¡Descartado!
Esclava: Alguna vez me lo he planteado. Pensadlo bien. Comida y techo garantizados, lo cual es mucho más de lo que cualquier gobierno actual podría darme, y sin duda supondría un claro beneficio neto con respecto a mi situación ahora mismo. Pero eso de los azotes, arrodillarse y trabajar dieciséis horas al día no sería lo mío en absoluto. Con algunas dudas, pero ¡Descartado!
Así que por lógica, debo ser una diosa. ¡Qué guay! Aún no sé de qué voy a serlo, pero por lo pronto ya tengo escogido el animal que me representa: El oso. Para ser más específica, mi osito de peluche Botticelli, al que no le ha importado demasiado saber que sería famoso.
Soy una diosa, y estoy confusa por ello. Durante toda mi vida he dejado atrás muchas cosas por falta de tiempo: no publiqué mi cuento Maroco, el Grillo Mágico en La Tiza, ni hice gimnasia rítmica, ni terminé ese maldito puzzle de Star Wars Episodio I de mil piezas, quinientas de las cuales eran negras. Ahora el dilema que se me presenta es otro: Si soy inmortal, ¿qué puñetas voy a hacer con tanto tiempo?
Aunque por una parte me viene bien. Llevo días estresadísima, de aquí para allá y haciendo las cosas a toda prisa. A partir de ahora, ¡a relajarse! Del mismo modo que más de uno habrá preparado su lista de propósitos de año nuevo, yo ya tengo la mía para el próximo siglo. He hecho un planing de todo lo que tengo pensado hacer los próximos cien años. Sí, sé que tenía que haberlo hecho más largo, pero así puedo vaguear en mis ratos libres:
- Escribir un blog.
- Viajar por el mundo.
- Aprender a cortarme las uñas como un ser humano.
- En caso de que no pueda cumplir lo anterior, aprender a maullar.
- Ganar un Nobel (aún no he decidido en qué campo).
- Dormir en una nube de algodón de azúcar.
- Preparar un plan de objetivos para los siguientes cien años.
Espero que me de tiempo a todo. Yo voy a practicar un ratito el tema de la cólera divina, y a ver si de paso descubro cuál es mi poder sobrenatural. ¡Ya os contaré cuando lo encuentre!
¡Besos Mágicos!
No hay comentarios:
Publicar un comentario