Recuerdo la primera y última vez que me expulsaron de una biblioteca.
Fue hace pocos meses, en la biblioteca del centro social de mi barrio. Mi delito fue sencillo: reír.
A mucha gente se le escapa una carcajada en mitad de la biblioteca, cuando un compañero a su lado hace un bello comentario sobre el olor corporal de este, la raja del culo de aquella o lo hortera que es la bibliotecaria. Porque reconozcamoslo: las bibliotecarias son horteras por condicionamiento genético.
Pero en mi caso no se debió a nada de eso. Estaba sola, apartada en un rincón de la sala medio vacía de libros (cuestión de presupuesto), y releía con mi portátil una de las muchas historias que suelo escribir en mi tiempo libre. Este último año me he visto muy encaminada al humor, y reconozco que aquella novela en potencia era bastante graciosa. De vez en cuando, me venía una pequeña carcajada, y casi siempre lograba detenerla con un espasmo que la transformaba en una arcada violenta.
La bibliotecaria me chistó por tercera vez. Para la mente vulgar, el hecho de que la literatura sea algo serio significa necesariamente que una no puede reírse con ella, ni de ella. Y la bibliotecaria, además de vulgar, estaba un poco mal follada ese día.
Seguí leyendo.
Y llegué a una de las mejores descripciones abstractas que he escrito en mi vida. Ingeniosa. Peculiar. Basada en hechos reales. Sentí cómo emergía la mayor carcajada de todas, imposible de detener con arcada alguna. Para evitarla, me tapé la boca con mi mano izquierda, de modo que el chorro de aire tomó un camino alternativo por las fosas nasales, y con la presión disparó un moco contra mi portátil.
No era un moco descriptible, ni siquiera imaginable, pero podéis haceros una idea cercana de sus dimensiones y propiedades gracias a las imágenes inducidas en mi mente por el impacto de tal monstruosidad. Imaginé a los pobres dinosaurios comiendo hojas de helecho y empeñados en crecer, en su firme convicción de que el tamaño sí importa, en aquel fatídico momento en que un pedrusco espacial los fulminó sin piedad y sin importarle el tamaño.
Ante aquella escena, mientras imaginaba cómo las teclas de mi portátil se fundían por la onda expansiva, no pude hacer otra cosa que reír. Sufrí un terrible ataque de risa. La funcionaria me obligó a salir indignada. Seguí riendo durante más de diez minutos a las puertas de la biblioteca, antes de volver a entrar para limpiar el moco, recoger mis cosas y largarme completamente roja.
Pero gracias a eso descubrí algo que desconocía. Cuando ocurrió aquello, estaba tan avergonzada que dejé de ir por un tiempo a la biblioteca. En su lugar, me iba sola a parques o jardines, para escribir sentada sobre el césped con el portátil en el regazo, o recostada para manejar mejor mi boli y mi cuaderno. Y me di cuenta de lo inmensamente superior que era aquella nueva sensación: la frescura estimulante de escribir al aire libre, rodeada de palmeras, de trinos que alegran el oído. Zumbaban chicharras, no el aire acondicionado, y a menudo hormiguitas paseaban por las hojas.
Ahora pienso que las historias no deberían escribirse ni leerse en una biblioteca. Mal va el mundo si la risa debe convertirse en arcada. Pero además, encerrados los sueños no vuelan. Quedan estáticos, como nacarados lienzos manchados de negro, sin dimensión, ni colorido; nada más que líneas rectas por rellenar, antecesora idéntica la una de la otra. Leer entre árboles es como descubrir la vista a un ciego por primera vez.
Creo que mañana iré al parque, a escribir y a disfrutar de su perfecta asimetría.
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