Pongamos la mente en situación. En la variopinta clase de 1ºB de la fauna australiana, la profesora juega a preguntar a qué se dedican papá y mamá. El ornitorrinco agacha la cabeza, avergonzado, con la vista puesta en su regazo. Piensa en su cuerpo. No sabe mucho sobre cómo fue concebido, pero ya tiene claro que su madre debió de montarse una buena orgía con los papás del resto de la clase.
Contempla su cola, por cortesía del señor castor y sus patas de nutria. Se sabe con una variedad étnica que le hace pensar que tal vez fue concebido en una fiesta de Erasmus. ¿Falta algo más?
«¡Cueek!»
¡Ah, sí! Eso: pico de pato por arriba, boca por abajo. ¡Que gran combinación! Es difícil ser un mamífero y tener que mamar con aquello. Fue difícil -y doloroso- sobre todo para su madre, quien por otra parte, en lugar de guardar la pinza del cordón umbilical como recuerdo de su nacimiento, tiene a buen recaudo un pedazo de cascarón del huevo de donde nació.
Con esas características anatómicas, claro, el pobre ornitorrinco no sabe dónde vivirá de mayor. ¿En una laguna? ¡No puedo, necesito tierra! ¿Y en la montaña? ¡Tampoco! Necesita estar cerca del agua, y la ley de costas nunca le permitiría construir una madriguera allí.
La profesora -llamémosla “señorita Canguro”- pregunta al ornitorrinco por su papá. Bajo su pelaje amarronado, él siente que se ruboriza. La profesora carraspea y, como si no hubiera dicho nada, pasa al siguiente niño.
Al final de la clase, el ornitorrinco mira triste sus patitas palmeadas, solo en el aula vacía a la espera de que llegue la profesora. Tal vez quiera echarle la bronca. El pobre se siente el auténtico patito feo de Australia.
La señorita Canguro entra, y sin decirle nada pone una moneda de 20 céntimos en su pata. Confuso la mira con indiferencia. Y de pronto, ¡ahí estaba! ¡En una moneda, ni más ni menos! Como los reyes. Sin esperar a que saliera de su asombro, la profesora desplegó una fotocopia de un cartel de los Juegos Olímpicos de Sídney 2000. ¡Ahí estaba él otra vez!
Y siguió viendo a compañeros de su especie: en una bandera, como mascota de tal exposición, en dibujos animados...
«Si tanta gente me quiere en sitios importantes, tal vez no sea tan feo» pensó. «Y aunque lo fuera... ¡soy el feo australiano más famoso del mundo!» suspiró entusiasmado.
Salió orgulloso hacia su casa, con la mochila sobre un solo hombro. ¡Soy el mejor! ¡El más grande! ¡Y además soy venenoso, así que cuidado conmigo!

No hay comentarios:
Publicar un comentario