domingo, 13 de febrero de 2011

Cupido es un cabrón


Cupido no es ciego.
Como estudiante de filología clásica, adoro la mitología, y de vez en cuando me aventuro a estudiar con cierta profundidad a algunos personajes míticos del rico elenco grecorromano. Uno de los últimos personajes en los que he centrado mi punto de mira es Eros, Cupido: el angelote de las flechas que aparece en todos los pagüerpoints ñoños a la vez que frívolos y superficiales que rondan por los correos electrónicos como un virus fatal. Sobre este ser he obtenido una doble conclusión:
Cupido no es ciego. Cupido es un genuino cabronazo.
Demostraré mi tesis de la forma más seria y científica que conozco. Por una parte, sabemos que Cupido es un niñato al que le dejan jugar con flechas, y que por algún motivo los servicios sociales pasan del tema. Se supone que las flechas son una metáfora sobre el amor a primera vista. Bien. Aceptamos “barco” como animal acuático. Yo soy una firme creyente en los flechazos, he recibido varios, pero todas las chicas por las que me he sentido flechada estaban... ¡joder!
¡Qué casualidad! Un pub atestado por encima del aforo máximo, tal vez un centenar de personas aquí dentro, ¡y el puto crío ha ido a acertar en la pelirroja de ojos azules a la que le estaba mirando el culo! Oye pues... a lo mejor Cupido no es tan ciego.
Luego está el modo que tiene de joderte la existencia. Tú estás ahí, tranquilamente, dándole que te pego al tema con alguien que tal vez te inspira -como mucho- complicidad, y de pronto el muy hijo de puta se te cuela en la habitación. Sin importarle un bledo que estés desnuda e indispuesta, saca su arco de juguete, apunta y...
-¡Te quiero!
-¡¿Qué?!
-Que... me voy.
-¿Sabes? Yo también me voy.
Y ciertamente, se va.
Aquel día me enfadé. Así que he planeado una emboscada para su próxima llegada. Tan sólo necesito retenerlo conmigo durante una semana. Una semanita sin cambiarle el pañal y alimentado a base de laxantes es lo que necesita ese mañaco.
Así que daré un consejo para los que hayáis disfrutado de esa jornada extraña a la que llaman “día de los enamorados”. Cuando veáis a Cupido, arrancadle las alas y encerradlo en una cuna con barrones electrificados de metro y medio de alto.
Cupido es un niño, vale. Pero Cupido es ciego porque le dejamos jugar con vendas, lo cual demuestra una negligencia terrible por nuestra parte, o un deseo de que se muera estrangulado por “accidente”. Cupido vuela porque pensamos que debe de ser así, porque confundimos cada día de los enamorados con un día cualquiera, y al revés. Cupido es un puto niñato insolente porque sabe que haga lo que haga le seguiremos cambiando los pañales cada vez que cometa una cagada.
Y ya que hablamos sobre el amor, dejemos al corazón en paz, que bastante tiene el pobre con latir. Nadie ama con el corazón, ni con otra parte de su cuerpo. A eso se lo llama follar, ¿de acuerdo?
Se ama con la mente; no rebajemos el amor a los terrenos del bajo vientre. Ahí abajo ya tenemos a los corresponsales adecuados. ¿Y a Cupido? ¡Bien controladito, como cualquier otro niño!

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