¡Los hijos son una experiencia maravillosa!
Y a falta de ellos, mi reloj biológico se conforma por ahora con una cobaya, seis caracoles y una planta de albahaca.
Toca hablaros de mis caracoles. El caso es que no fue un encuentro buscado, la mayoría de ellos vinieron a mí huyendo del voraz apetito de mi madre. En efecto, lograron escapar sanos y salvos de sus garras, aunque les ayudó el hecho de que mi madre creyera que una línea de sal alrededor de una palangana pudiera considerarse un muro infranqueable, un escudo antimoluscos o dioses saben qué.
Sus nombres son: Tereo, Procne, Filomela, Eleanor Roosevelt, Fermina Daza y lechuga. En principio iban a quedarse en casa sólo durante el verano, para asegurarles la supervivencia a las sequías y al Sol intenso. Pero al final se han apalancado. Natural en criaturas que no salen de casa ni para darse un paseo.
Cuando pienso en las horas que he pasado embobada ante ellos, contemplando cómo comen y se deslizan lentamente me siento estúpida. Pero gracias a ellos he aprendido varias cosas: que la baba de caracol no rejuvenece tanto como dicen, que no tener huesos es divertido y que ser hermafrodita debe serlo aún más. Jamás vi tanto aguante en el sexo.
Viven en un terrario con todas las comodidades del mundo natural. ¿Pero sabéis? Me parece que ya se están haciendo mayores. Hasta las benjaminas Procne y Filomela empiezan a tener una edad. Pronto los llevaré a un lugar al aire libre, a un vergel, donde esté segura de que no suelen recoger caracoles, y los dejaré allí para que sigan su vida tranquilos.
Los echaré de menos, ¿pero qué le voy a hacer, si ya tienen edad para emanciparse?
1 comentario:
Ohhh pobrecitos, no los abandones =(
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